Lenguaje y Aprendizaje

Es difícil imaginar a la sociedad humana sin ningún tipo de lenguaje. Su aparición dio a los humanos una ventaja evolutiva que no gozaban otras especies, permitiendo intercambiar información de forma clara y explícita y transferirla a generaciones venideras, resultando en el tipo de sociedad que hoy conocemos.

La evolución del lenguaje ha permitido al ser humano desarrollar la capacidad de pensar constructiva y analíticamente en grupo. Otras especies consideradas muy inteligentes, como los chimpancés o los delfines, no han sido capaces de desarrollar esa habilidad de compartir sus “recursos mentales”. Los animales aprenden unos de otros gracias a la observación, la imitación y/o la participación en actividades conjuntas, perdiendo todo el aprendizaje acumulado durante su vida cuando mueren.

El lenguaje es un invento que favorece la evolución. Es un sistema de comunicación que, a diferencia del utilizado por otras especies, es flexible y adaptable a las exigencias del entorno, y permite crear nuevos conceptos y situaciones, compartir ideas y pensamientos, considerar nuevos puntos de vista y reflexionar, individualmente o en grupo, sobre las acciones a ejecutar. Este saludable hábito de compartir información ha permitido a la especie humana aprender unos de otros y coordinar nuevas acciones.

Pese a que el lenguaje “no fue diseñado” como medido para transmitir ideas de un modo preciso e inalterable entre las personas, se utiliza para compartir e intercambiar información de un modo efectivo. Sabemos que, en el día a día de nuestras interacciones, no podemos hacer que las personas entiendan exactamente lo que queremos decir. Un banco de un millón de peces no serían capaces de escribir el quijote entre todos ellos, pero si pueden cambiar de dirección como si fueran uno con un simple “pestañeo”. En cambio, utilizando el lenguaje, el líder de un equipo humano de seis personas puede dar la misma instrucción a todos sus integrantes y que sea interpretada de seis maneras distintas. “Malas interpretaciones” se dan con frecuencia pese los esfuerzos por evitarlas. Pero estas deficiencias interpretativas no son siempre negativas. Cuando trabajamos temas y situaciones complejas, diferencias interpretativas son normales, pese al esfuerzo comunicativo del emisor y el interpretativo del receptor para llegar a la comprensión del mensaje, y, a veces, bienvenidas, al contribuir a que se abran nuevas líneas de pensamiento no consideradas con anterioridad.

Pese a que hay sistemas como el de las abejas capaces de transmitir información específica sin distorsiones ni ambigüedades, el sistema humano ofrece algo más valioso que una mera transferencia de información: un ejercicio conjunto de esfuerzo creativo. Las palabras pueden llevar significados que van más allá de lo que conscientemente pretendían sus emisores, al incorporar los receptores sus propias perspectivas al mensaje que reciben.

El hecho de que el lenguaje no sea siempre fiable como consecuencia de generar interpretaciones en la mente del receptor, es un reflejo de su fortaleza como medio para crear nuevos entendimientos. Es esta inherente ambigüedad y adaptabilidad del lenguaje como sistema de crear sentido la que hace que la relación ente lenguaje y pensamiento sea tan especial. No podemos entender por tanto el lenguaje como una mera transmisión de información entre personas. Cada vez que hablamos con alguien, estamos implicados en un proceso colaborativo en el que se negocian significados y se moviliza el conocimiento común.

Sin embargo, siempre hay un riesgo potencial a la hora de compartir entendimiento. Diferentes perspectivas pueden no ser conciliadas. Pero casi en cualquier encuentro no solo damos y recibimos información. La experiencia conjunta dibuja lo que cada una de las partes piensa y dice en un proceso en espiral de cambio en el que ambas partes se influyen mutuamente.

El lenguaje está diseñado para hacer algo más que simplemente transmitir información de un modo exacto de un cerebro a otro. Permite combinar los recursos mentales de las personas, permitiendo dar mejor sentido al mundo y determinar modos más prácticos para lidiar con el. Generar entornos dialógicos en las aulas favorecerá la participación, el aprendizaje y el desarrollo de competencias sociales en el alumnado.

 

Referencia bibliográfica:

Words and Minds: How We Use Language to Think Together de Neil Mercer

 

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